Tener hambre no es un estado de emergencia.
- Diana Chavarri

- 7 jul 2024
- 5 Min. de lectura
¿No le pasa que le entra ansiedad cuando el cuerpo “le pide” comida y no se la provee de inmediato? La mente condicionada nos juega tretas ¿lo ha pensado? No sea que nos vayamos a desmayar o hagamos sufrir al mundo por un ataque de mal humor, o que nuestro metabolismo se desbalancee porque se nos pasó la quinta ingesta del día.
Ante el hambre, habremos de comer, punto. ¿Verdad? No creo que así hayan pensado nuestros antepasados cazadores y recolectores.
Quiero, por supuesto, ser sensible hacia personas que tienen alguna condición de salud especial que les obligue a evitar pasar hambre. Pero al resto de las personas creo que nos vendría buen cuestionar un poco nuestros hábitos y condicionamientos mentales ante la comida. No le estoy sugiriendo que empiece hoy con un régimen de ayuno sin consultar antes a su médico/a, ni sin antes cuestionar su relación con los alimentos, pero permítame compartirle algunas ideas.
Pienso que nuestro modo de vida actual nos mantiene en un constante estado de “necesidad” desde que abrimos los ojos por la mañana. Hay avidez de consumir de inmediato café, comida, pantallas, noticias, música, notificaciones en redes sociales, etcétera. Estamos en búsqueda constante de estímulos y vaya que la comida los provee. Comer, a muchas personas nos da una sensación de placer y bienestar. Por el contrario, pensamos que, si no nos metemos un bocado a la boca pronto, nos sentiremos mal. Y vemos raro a las personas que no toleran desayunar temprano.
Veamos, hay comida en todos lados. Está al alcance de la mano o de un click. Nuestras alacenas y refrigeradores están llenos de comida caduca. Los cajones de nuestra oficina tienen galletas, pulparindos, chicles y panecillos. En la bolsa tenemos nueces. Donde antes vendían solo gasolina, hoy venden todo tipo de alimentos ultra procesados.
Que exista abundancia de comida hoy en día no significa que necesitemos suministrarla constantemente, cinco veces al día, a menos, claro que sea usted una atleta de alto rendimiento.
Durante los últimos años se ha estudiado la relación psicológica que tenemos con la comida y muchos médicos y nutricionistas funcionales orientan a sus pacientes a cuestionarse su relación con los alimentos: ¿Comes con y por ansiedad? ¿Comer para ti es un premio? ¿Comer es un castigo? ¿Te castigas después de haber comido en exceso? ¿Crees que mereces estar bien? ¿Crees que comer bien es caro? ¿Comes en calma? ¿Prefieres comer lo que sea, en donde sea, con tal de llenar al estómago? ¿Comes como si fuera un acto realizado en automático? ¿Estás preocupado o confundida porque no sabes qué comer, cuánto comer y cuándo comerlo? ¿Crees que es malo esperar varias horas de ayuno hasta que puedas disponer de alimentos con alto valor nutricional? ¿Crees que tus hijos e hijas necesitan mucha azúcar y dulces para tener energía?
Durante mis años de estudio como entusiasta de la salud, he descubierto en mí que, en realidad, a pesar de haber estudiado Ingeniería Química en Alimentos con un poco de nutrición, mi relación con los alimentos no era muy buena. Comía porque había que comer; comía cinco veces al día porque ‘el metabolismo tenía que estar activo’; comía en automático sin preocuparme por el valor nutricional de los alimentos; leía las etiquetas, pero no estaba bien informada de los efectos en la salud que confieren algunos ingredientes que pensaba que no eran tóxicos (aceites vegetales, jarabes de alta fructosa, colorantes, conservadores, etc.); preparaba lonches para que los hijos no pasaran hambre, pero poco me cuestionaba si se iban a nutrir bien, asumía que sí.
Y aún más: pensaba que el cuerpo era sabio y que me pediría lo que necesitara, cuando lo necesitara y en la forma necesaria. Y no, el cuerpo no es sabio. O quizás debo decir que sí es sabio, pero no hace magia. Si le damos basura, se acostumbra a ella y nos pedirá basura. He escrito ya para Volición sobre cómo están diseñados los alimentos por la industria para que sean altamente palatables y altamente adictivos. Por tanto, si mi cuerpo tiene una adicción a ese tipo de alimentos, su “sabiduría” está totalmente comprometida y me los pedirá constantemente. Y yo, ilusa, pensaré que le estoy dando lo que necesita.
El cuerpo es una gran maquinaria que reacciona ante el tipo de sustratos que le suministramos en forma de alimento, o debo decir, en forma de ‘comestible’, porque en muchas ocasiones lo que comemos no necesariamente nos alimenta. Reacciona también ante los momentos del día en que le damos alimento. Por ejemplo, cenar en horas muy cercanas a la hora de dormir casi garantiza un mal sueño y poca pérdida de peso. Desayunar después de haber sido expuestos a la luz solar natural promueve una mejor utilización de nutrientes, al activarse las mitocondrias en las células. El Dr. Carlos Stro asegura en sus investigaciones que el sol es el primer alimento que debemos consumir en el día.
El cuerpo sufre de importantes desbalances hormonales según el tipo de alimento que consumamos (un exceso de carbohidratos almidonados y simples podrá hacernos resistentes a la insulina), por el tipo de estrés que experimentamos (el cortisol afecta el metabolismo del azúcar y la calidad del sueño), por la composición de nuestra microbiota intestinal (mala calidad en la microbiota puede activar respuestas inmunes), por los tóxicos a los que estamos expuestos por las vías respiratoria, cutánea, digestiva, etc. (los plásticos de las botellas de agua y los ingredientes de las cremas que nos untamos pueden servir como simuladores de estrógenos en hombres y mujeres), entre otros factores.
El cuerpo nos hará pensar que tener hambre es una situación de emergencia si no hemos resuelto nuestra relación con la comida, si no somos conscientes de nuestra adicción a los alimentos que provocan ansiedad y si el cuerpo no es capaz de acceder eficazmente a las fuentes de energía que tiene almacenada en forma de glucógeno en hígado y músculos, y en forma de grasa en el tejido adiposo. Es posible entrenar al cuerpo a acceder a esas fuentes de energía, principalmente con ejercicio y ayuno intermitente.
Aún más, le proveo algunos datos que ha compartido el Dr. Robert Lustig, que podrían ayudarle a tomar decisiones volitivas para mejorar su salud: la ciencia ha demostrado que solo 15 minutos de caminata diaria extiende la expectativa de vida por 3 años. Si camina 30 minutos, se extiende por 5. Mejorar su dieta disminuye su riesgo de enfermedad cardiovascular en un 35 a 40 por ciento. El ejercicio disminuye el riesgo de enfermedad cardiovascular 20 por ciento.
Como ve, querido lector, lectora, no necesita comprar esa pastilla milagro, esa crema maravilla ni ese suplemento mágico. Y no se preocupe la próxima vez que sienta hambre, no corra a comer lo que primero se encuentre, a menos, claro, que su médico se lo sugiera.
Buen provecho.



Excelente artículo, muy claro y educativo. Entender nuestra relación con los alimentos definitivamente nos ayudará a crear mejores hábitos que beneficien nuestra salud.