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Comían de todo y no se enfermaban.

Actualizado: 21 may 2024

Un niño de 8 años hoy ya ha consumido toda la azúcar que su abuelo consumió durante toda su vida. Y es que esa sustancia adictiva se esconde de muchas formas en la comida que nos venden, principalmente en la procesada.


Y por supuesto que no dejamos de decir que nuestros abuelos “comían de todo” y vivieron muchos años sin las enfermedades que vemos hoy desde los 30 - 40 años. Pero estoy segura de que nuestros abuelos en su infancia no consumían esas charolitas de comida congelada, tan fácil de poner en el microondas y con ello sentir que habían sido alimentados por ese día; ni pasaban por la ventanilla de “baratos” restaurantes de “comida” rápida para abastecerse de lo que toda la familia cenaría ese día, ni desayunaban cereal de caja ultra procesado porque simplemente no existían de forma masiva.


Tampoco creo que nuestras abuelas hayan llevado en sus loncheras comida toda proveniente de paquetes. Confieso que hace muchos años así solía hacer los lonches: pan de paquete, jamón de paquete, queso industrial de paquete, jugo (agua saborizada) de cartón, yogurt azucarado, saborizado y coloreado de paquete, galletitas de paquete, cereal azucarado y coloreado de paquete… y todas las variantes de éstos, en paquete. Lo más apegado a la comida real eran quizás unas rebanadas de manzana o un burrito de frijoles y eso a veces, pues generalmente no deseaba invertir tiempo en la preparación de alimentos. Me bastaba con que “comieran”, no con que se “nutrieran”, pues había mucho qué hacer, siempre he estado muy ocupada… Quisiera imaginar la lonchera de mi abuela; mi bisabuela siempre estaba ocupada.


Y no es que los paquetes por sí mismo sean malos, lo que sucede es que generalmente los alimentos que han tenido muchos procesos para alargarles la vida y la palatabilidad (y convertirlos en lo que sea que estemos comprando), han pasado por demasiadas transformaciones que eliminan muchos de sus nutrientes y texturas y, por tanto, les han añadido ingredientes sintéticos de formas que jamás vamos a encontrar en el mundo natural. Nuestro cuerpo no ha logrado adaptarse para poder metabolizar tal carga de sustancias extrañas. Las sustancias nuevas son… muy nuevas.


¿Sabía usted, por ejemplo, que los huevitos de chocolate que tienen dentro un juguetito contienen una sustancia que sirve como antioxidante llamado TBHQ, derivada del petróleo que se usa en los encendedores? Esa misma sustancia la puede encontrar en las tan nutritivas y energéticas mezclas de nueces, frutas secas y chocolate.


Existe otra sustancia que es ampliamente aceptada en todas las cocinas y restaurantes del mundo entero, se produce por miles de metros cúbicos anuales y se ha demostrado que por su alto contenido en omega-6 causa inflamación crónica. En su procesamiento se usan solventes derivados del petróleo, deodorizantes y conservantes. Y mire qué interesante es su origen: nace en 1829 como un subproducto de las semillas de algodón que se usaba en lámparas o como lubricante, me refiero al aceite, que se empieza a usar en algunas cocinas en 1898. Pero es hasta 1911 que la industria alimentaria saca al mercado el aceite de algodón (Crisco), invirtiendo 5 millones de dólares (actualizados) en pautas comerciales y, con esto, se sustituyen en los hogares las grasas tradicionales de origen animal con las que nuestras abuelas y sus antepasadas cocinaban. 


Pero lea esto: en 1948 Crisco paga enormes sumas millonarias de dólares a la Academia Americana del Corazón para que declare una batalla en contra del colesterol dietario, presente en grasas animales, y a favor de los aceites vegetales.


Así que nuestro consumo masivo de aceites de canola, maíz, soya, girasol, etcétera ha sido producto de los intereses de la industria alimentaria que nos ha vendido basura como si fuera una maravilla. Evidentemente lo que menos les interesa es nuestra salud. 


Más recientemente los alimentos se hacen “light”; se les eliminan las grasas naturales, se les añaden aceites de semillas, se les transforma y, con ello, pierden textura y sabor. Se rellenan, entonces, con texturizantes, emulsificantes, saborizantes, colorantes y muchos otros aditivos, además de enormes cantidades de sal y azúcares con extraños nombres que no logramos memorizar. 


Así, se explota otra táctica de la industria alimenticia que les ha generado millonarias utilidades: hacer altamente palatables los alimentos. Nace entonces una enorme variedad de comestibles con muchísimo sabor y capacidad de generar adicción.


La industria, así, se ha aprovechado del efecto adictivo de los azúcares en los receptores dopaminoides de las células del cerebro. Existe evidencia de carácter científico que explica que el azúcar activa 8 veces más potentemente las regiones de dopamina del cerebro que la propia cocaína. Eso explica la gran dificultad que sufrimos quienes deseamos “bajarle al azúcar”. 


Y es que no solamente encontramos azúcares en las pastas, cereales, panadería, galletas, yogures, jugos y todo lo que sabe dulce, sino que hay azúcar enmascarada incluso en alimentos salados, amargos o picantes. Y como mencioné párrafos arriba, sus nombres son extraños, así que no espere leer “azúcar” en las etiquetas. 


A lo que le quiero invitar es a lo siguiente: a que no me crea, a que haga su propia investigación. Yo le recomiendo leer y oír a los siguientes especialistas en español: Dr. Carlos Jaramillo, Dr. Guillermo Navarrete, Dr. Alejandro Junger, Dr. Stephane Decrock, Dr. De La Rosa, Dra. Camino Díaz, Nutricionista Marcos Bodoque, Nutricionista Endika Montiel, Nutricionista David de Ponte Lira y el Farmacéutico Phil Lugo. 


En inglés le recomiendo al Dr. David Perlmutter, Dr. Robert Lustig, Dr. Mark Hyman, Dr. Eric Berg, Dr. Gabrielle Lyon, Dr. James DiNicolantonio y al Dr. Joseph Mercola. 


Lo que he encontrado en común en esos especialistas es la aplicación de la ciencia más reciente y el uso de evidencia acumulada en la práctica clínica en sus pacientes; además de una vocación enorme de educar y comunicar contenido valioso a la población sobre nutrición y hábitos para conseguir mejorar la salud; también he encontrado en ellos la “deconstrucción” de los tradicionales protocolos y tratamientos médicos que atienden síntomas únicamente con farmacología, ignorando las causas raíz y la interconexión e integralidad de todos los sistemas que componen nuestro ser. Son una generación de especialistas que no han sido aplaudidos por el sector médico, ni por el farmacéutico, ni por la industria alimentaria, pero sí han sido aplaudidos por miles de personas que han recuperado su salud. ¿Se anima?


1 comentario

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21 may 2024
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Excelente!!!!

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DIRECTOR GENERAL FRANCISCO HIDALGO

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