Movilidad y paciencia
- Erika A. Muñoz
- 4 nov
- 6 Min. de lectura
El cielo juarense amenazaba con una lluvia de esas que el desierto disuelve, pero no la frontera más fabulosa y bella del mundo aunque esté situada en uno. Era 2016 y yo vivía cerca del monumento, esa mañana descubrí que los amantes de lo ajeno se llevaron la batería de mi auto, así que caminé rapidísimo a la
terminal del transporte público.
– ¡Qué aventura les quiero compartir! Bienvenidos a su Chalecito Time, ese rato donde nos quedamos a platicar para ponernos al día en las historias que nos importan, y si nos da el fresco, nos echamos un chal para cubrirnos un poco y continuar con el chismecito.
A todos nos atañe la comunidad y, por ende, la movilidad, que en mi paráfrasis, es la capacidad de movernos, considerando la eficiencia, seguridad, sostenibilidad y accesibilidad de los distintos medios de transporte. Aquí entran términos importantes como movilidad urbana, movilidad sustentable, transporte público, vialidades, transporte privado. No solo implica los vehículos, sino también la planificación urbana, la infraestructura y las políticas que facilitan o limitan esos desplazamientos. – “Que si no sirve, que si contamina, que si a los dirigentes públicos no les interesa porque no lo viven, que las calles están llenas de baches” – A decir del ciudadano de a pie, la realidad no dista demasiado de dichas citas; la movilidad juarense se ve mermada por circunstancias complicadas de resolver sin la cooperación solidaria de los participantes. Aquella mañana y varias semanas después de haberme quedado sin automóvil, comprendí a estudiantes y empleados intentando moverse en esta gran ciudad atestada de circunstancias desafortunadas mayormente. No había asiento disponible, luego hubo uno; que se hundía porque la esponja de relleno estaba rota, el asiento de en frente estaba rayado con plumón, al parecer “el nezio” estuvo allí primero, luego de evitar conversaciones incómodas que una mujer debe pasar con algunos pasajeros irrespetuosos (ese es tema aparte); comenzó a llover. A las 5:45 de la mañana, los frenos del autobús modelo 1995 o anterior chirriaron y el viaje continuó; con lluvia también por dentro. Había goteras muy grandes, ventanas que no subían, personas tosiendo, niños llorando, vendedores empapados. Después de más de dos horas de trayecto, desde el centro hasta los parques industriales en Zaragoza, llegué al trabajo; tarde por supuesto, con los zapatos haciendo ruidos raros pues había tenido que pisar sobre charcos de 20 centímetros de
profundidad para cruzar las calles y al fin llegar a mi destino, vi mujeres con bebés intentando llegar a las guarderías en el camino, con la cara enlodada; pues algunos conductores simplemente tenían prisa y las habían bañado en agua de charco, para añadir más a su trayecto. Me salvé esa ocasión. En una de esas reflexiones que una ruta tan larga me dio lugar, escribí mentalmente una carta al gobernador del estado grande: Lo invito señor, a que vaya conmigo desde la parada del autobús, hasta mi lugar de trabajo.
Movilidad y paciencia
Póngase chamarra y capucha porque no quiero que lo reconozcan y lo traten diferente, viva la experiencia, la aventura por menos de veinte pesos; y lamentablemente debo añadir que no es una muy agradable. A cualquier línea de “ruteras” que usted se suba, va a encontrar malas condiciones, malos olores, malos conductores, malas vialidades y buena gente, eso sí, porque los buenos somos más. Una pregunta señor gobernador: ¿Por qué si los buenos somos más, (y claro que aportamos más impuestos) seguimos pasando penurias innecesarias que al final del día le restan calidad de vida a nuestras familias? Esa pregunta quedó sin respuesta por supuesto, mi frustración fue muy grande y tan clara, que la sentía acompañarme a diario, mientras se subían los vendedores de papitas y cacahuates, o un señor mayor buscaba la manera de acomodarse pegado a mi brazo.
Ha pasado casi una década desde esa historia y déjeme contarle otra antes que se termine esta oportunidad de echar chalecito con el lector. Hace unos meses, debido a la complicación que resulta de la combinación de malas vialidades y falta de educación vial de un conductor; me vi envuelta en un accidente automovilístico, ya no tengo auto desde esa fecha. Intenté utilizar el transporte publico una vez, cruzar la Avenida de las Torres fue un trabajo titánico, debí transbordar y después de casi dos horas, llegué a mi
destino. El problema fue que a la 2 de la tarde que intenté hacer el trayecto n vamente, pasaron dos horas y media sin que hubiera una ruta disponible. Terminé usando transporte público por aplicación, la experiencia ha sido, además de implicar una notable inversión de dinero, complicada; por decir lo menos, vehículos descuidados, dañados, chocados, mal olientes, música estridente, conductores frustrados, malhumorados y groseros que cancelan cuando quieren, ha hecho que llegar a donde se busca llegar en el
menor tiempo posible y de manera segura, sea un tema aparte. Con todo, aquí me gustaría agregar que, comparado con otras ciudades, el tiempo que utilizamos para transportarnos en juaritos menor y por supuesto que también hay muy buenos conductores, vehículos cuidados y personas generosas en compartir al usuario una buena experiencia. La idea final es llegar al objetivo; se cumple la meta, moverse en esta (permítame agregar algo de ironía) interesantemente diseñada ciudad.
No quiero escribir solamente quejas, me pregunto cuál sería la decisión ideal para un ciudadano:
¿Transporte público? ¿Transporte privado? ¿Usar una bici? ¿Ir a pie? Según Plan Estratégico de Juárez, A.C., en su Informe Movilidad y Transporte en Juárez 2020, el 42.7 % utilizamos un vehículo privado, otro 32% combina ambas modalidades y quienes usan solamente el transporte público son el 22.2 %, usar bicicleta o caminar, es una elección (o debería decir tienen acceso) solamente el 3%. Lo cierto es que la gasolina tiene su precio, el mantenimiento de los vehículos se encarece porque hay bastantes calles en malas condiciones, así sea que se utilice el transporte publico o privado, de alguna forma se tendrá que pagar.
Mis experiencias con mi propio automóvil tampoco son muy gratas, he desarrollado alguna clase de ansiedad porque, siguiendo el consejo de mi papá, hay que aprender a manejar a la defensiva y eso no se me da naturalmente como yo quisiera. A diario vemos accidentes en todas las vialidades, cuando están
disponibles por supuesto, a veces están cerradas o inservibles. Por otro lado, la educación vial es nula para la mayoría de los usuarios de cualquier transporte, conductores y peatones; todos deberíamos saber las reglas básicas, al final jugamos el mismo juego a diario. Aquí viene otra pregunta: ¿Podríamos agregar valor a las experiencias de movilidad en la ciudad si nos ponemos de acuerdo? ¡A poco no sería algo muy interesante! Desde mi perspectiva no se trata de hacer mas paradas de autobús que se dejarán de usar en la siguiente administración o que desde el principio no coinciden con el plan anterior, tampoco se trata de
añadir mas opciones, ni de solamente abrir mas calles, cerrar mas hoyos, educar más personas, sancionar más vehículos contaminantes, abrir mas ciclovías, cerrar más callejones, cobrar más impuestos, llegar acuerdos con transportistas, exigir mas calidad desde la ciudadanía, no se trata de que cada quien haga lo quiera. Lo ideal sería un acuerdo ¿Compartir vehículos parece una solución? Me parece una buena opción, quisiera encontrar a alguien que le coincidan mis horarios para buscar la manera de aplicar el carpooling y asegurarnos de poner nuestro granito de arena usando menos gasolina, menos contaminantes al medio
ambiente, generando más comodidad, más confianza y ojalá menos tiempo, aunque eso (debo aceptar), que es un objetivo complicado de cumplir, después de todo, según registros de Infomex hasta 2019 había casi 600 mil vehículos en esta frontera, así que la creciente cantidad de vehículos nos presenta un problema.
Volviendo a la idea de caminar, siendo muy realistas ¿Es una opción? Desde mi trinchera lamento decir que no, en auto utilizo 35 minutos de mi vida para llegar al lugar donde trabajo. Caminar no es opción para muchos; tenemos que seguir en movimiento, los trabajos no nos quedan donde queremos, sino donde hay, aunque quisiera decir que donde nos conviene. Este análisis general desde mi experiencia principalmente; ha resultado un ejercicio interesante para poner en perspectiva varias circunstancias y hechos que a veces no consideramos. Otra vez: la clave es llegar a acuerdos, espero que encontremos las voluntades necesarias para considerar convenios para todos, aunque considero que siempre debe haber tolerancia para coexistir como sociedad organizada.
Moverse es una necesidad básica para todos, donde quiera que estemos, tendremos que llegar a casa, ¿Qué ideas compartiría el lector con quienes corresponda para lograr movernos mas rápido, con mas seguridad, con menos riesgos de accidentes? Y lo mas importante: ¿Estamos dispuestos a dar lo que sea necesario para solucionar los temas que nos llevarían a una mejor experiencia de movilidad? Aunque nos falta hablar de banquetas, semáforos, espacios para personas con discapacidad, peatones internacionales, multas e infraestructura de tránsito y varias cosas más. Dejo las preguntas para la reflexión y consideración de cada uno pues este chalecito se ha terminado por hoy, como decimos los Godínez: –vámonos porque aquí espantan, luego se me pasa la rutera y tarda horas en volver a pasar!

